CUANDO TU VIDA SE EMPIEZA A TRABAR - Por Paula García

Las señales aparecen cuando insistís en sostener algo que ya no es coherente con vos.


Hay momentos donde las cosas dejan de fluir.


Se traban.

Se atrasan.

Se complican más de lo necesario.


Y la primera reacción suele ser pensar que es mala suerte.

Que algo salió mal afuera.


Pero no siempre es así.


A veces, lo que se desordena afuera

es el reflejo de algo que ya no está en equilibrio adentro.


Decisiones que sabemos que tenemos que tomar,

pero postergamos.


Caminos que ya no queremos seguir,

pero sostenemos por inercia.


Formas de trabajar, de vivir, de organizarnos,

que ya no nos representan…

pero seguimos repitiendo.


Hasta que algo pasa.


Y no es cómodo.

Pero es claro.


Porque hay situaciones que no vienen a complicarte la vida.

Vienen a ordenarte.


La incoherencia no siempre se ve.

Pero se siente.


Se siente en el cansancio que no se explica.

En la frustración constante.

En la sensación de estar haciendo mucho…

pero avanzando poco.


Es ese momento donde lo que pensás,

lo que sentís

y lo que hacés

ya no están alineados.


Y aunque intentes sostenerlo,

algo empieza a hacer ruido.


Muchas veces no es falta de capacidad.

Es exceso de incoherencia.


Seguir en lugares que ya no elegís.

Sostener decisiones que ya sabés que no van más.

Forzar resultados desde el apuro, el miedo o la urgencia.


Y en ese intento de “resolver”,

terminás enredando más todo.


Porque cuando no hay coherencia,

todo cuesta el doble.


Hay decisiones que no se toman a tiempo,

y se terminan pagando después.


No como castigo.

Sino como consecuencia.


Porque lo que evitás mirar, igual te encuentra.


A veces en forma de error.

A veces en forma de pérdida.

A veces en forma de incomodidad.


Pero siempre como señal.


La incomodidad no aparece para frenarte.

Aparece para despertarte.


Para sacarte del piloto automático.

Para obligarte a revisar lo que venías sosteniendo sin cuestionar.


Y aunque al principio incomode,

cuando empezás a ver con claridad,

ya no hay forma de volver a mirar para otro lado.


También hay algo que cuesta aceptar:


no todo lo que nos gusta nos conviene.


No todo lo que sabemos hacer,

tenemos que seguir haciéndolo.


Y no todo lo que alguna vez elegimos

tiene que sostenerse para siempre.


Crecer también implica soltar.


Incluso lo que parecía seguro.

Incluso lo que funcionó durante años.


Porque al final,

la vida no se desordena de golpe.


Se viene desordenando hace tiempo.


Pero entre la rutina, la exigencia y la necesidad de “seguir”,

muchas veces elegimos no verlo.


Hasta que se vuelve imposible de ignorar.


Ser coherente no es ser perfecta.


Es animarte a alinear lo que pensás,

lo que sentís

y lo que hacés.


Aunque eso implique incomodar.

Aunque implique cambiar.

Aunque implique elegir distinto.


Porque la coherencia no siempre es fácil.

Pero es lo único que vuelve a hacer que las cosas fluyan.




PAULA GARCÍA

Directora Creativa de Paula Design

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